Camino a la perfección...

No es fácil, pocas personas llegarán a entender lo que paso aquel día y porque lo hice, no busco la compasión de la gente, ni el que les guste o no mi historia, busqué estar a gusto conmigo misma y lo conseguí. Ahora todo lo que me rodea es paz y eso es lo que me hace sonreír cada día, el saber que desde mi punto de vista, lo hice bien.


Era 27 de noviembre por la noche, cuando como de costumbre llegue a casa y coloqué mis zapatos bajo la cama, en el salón mi esposo estaba encendiendo la chimenea, me miré en el espejo, en el cuello llevaba un colgante, no se había despegado de mi desde que era pequeña y cada vez que lo miraba no podía evitar que una lágrima se derramará por mi mejilla, era un regalo de mi padre.
Bajé al salón y cené con mi marido, Mario, era el hombre perfecto, me ayudaba en casa, me cuidaba, me comprendía… mi vida en sí era perfecta, un trabajo que me gustaba, una gran casa… pero seguía sin entender por qué motivo en mi interior había un espacio vacío de tristeza e insatisfacción. Cuando terminamos de cenar me fui a la cama, normalmente no me gustaba soñar, cada vez que lo hacía solía tener la misma pesadilla, la imagen de mi madre llorando y yo con la impotencia de no poderle ayudar. Aquella noche el sueño fue diferente, una casa ardía en llamas y una anciana muy parecida a mi madre estaba junto a la ventana, mirándome, cuando me desperté, tenía la sensación de que todo iba a cambiar bruscamente, y eso hacia brotar mucho miedo en mi interior.
Baje las escaleras que llevaban a la cocina, cuando mire hacia el salón, recordé que dentro de poco sería Navidad, desde la muerte de mi padre no había vuelto ha decorar la casa por aquellas fechas, había perdido el espíritu navideño...
Tampoco había vuelto a hablar con mi madre, cuando todo sucedió ella me abandonó por completo, no se levantaba de la cama, no cocinaba, yo hacía todo lo posible por sacarla de su depresión pero no lo podía conseguir, hasta que tuve que irme a estudiar a otra ciudad, aquel día ella y yo discutimos, ella me dijo que no me quería ver más, que todos la abandonábamos, que estaba sola, ella no podía entender que no podía dejar mis estudios, era una promesa que le había hecho a mi padre, pero no me quería escuchar.

Salí de casa, cogí el coche y me dirigí hacia el trabajo, encendí la radio y me dispuse a escuchar música, cuando inexplicablemente la emisora que estaba escuchando cambió, en ella estaban anunciando las noticias, mi cabeza estaba en otra parte, solo pensaba en que llegaría tarde al trabajo, cuando oí una noticia que me llamo la atención, en una casa antigua, había explotado una bombona de gas pero no se había producido ningún incendio, además los bomberos habían corroborado que la casa estaba abandonada y que no había ningún tipo de peligro, entonces recordé el sueño que había tenido y una tristeza muy honda me invadió, no soportaría la idea de perderla a ella también, cuando tuve que parar porque el semáforo se había teñido de color rojo, tomé una gran decisión, estas Navidades no serían igual que las anteriores.

Así que tres días después, ahí estábamos Mario y yo, dentro de nuestro coche, en dos horas llegamos al pueblo donde vivía mi madre... nadie puede imaginarse el nerviosismo que albergaba en mi interior, el cual se acentuó cuando me dispuse delante de la puerta de mi madre a llamar al timbre, cuando una anciana detrás de nosotros habló:
- ¿No vendrán a buscar a la señora Luisa, verdad? – nosotros la dijimos que sí y nadie se puede imaginar lo que sucedió, mi madre no estaba allí, según la señora se había marchado aquel mismo día de viaje, se había despedido de todas sus amigas y las había dicho que no volvería en un gran tiempo, no le explicó a nadie donde iba a ir o cual era el motivo de su viaje, dentro de mí una gran tristeza floreció, no me podía creer lo que había pasado, Mario me abrazó con fuerza y yo lloré las lágrimas más sinceras que había llorado a lo largo de mi vida.
Ya que estábamos en mi pueblo fuimos a visitar la tumba de mi padre, allí, en el centro, las mismas flores rojas que mi madre había repuesto día a día desde su muerte. Después de tanto tiempo mi madre había sabido salir de casa, aunque fuera solo para rendirle un tributo a mi padre.

Tras esto, cogimos el coche y volvimos a casa, durante varios días no hable nada, pero una vez pasado este tiempo, todo volvió a la normalidad. Y llegó la  Nochebuena, ese día mí esposo y yo invitábamos a nuestros amigos y a sus padres a casa, la cena era espectacular.
La gente llegó y tras mantener una grata conversación, alguien llamó al timbre, cuando abrí la puerta en lo primero que me fijé fue en el rostro de la señora que tenía ante mí, su cara era dulce, unas leves arrugas mostraban la edad de aquella anciana, sobre sus ojos brillaban dos lagrimas a punto de caer al suelo, su nariz pequeña y respingona aspiraba lo más rápido que se puede uno imaginar, el rostro era conocido, aquella persona me conocía bien, me había conocido desde hace mucho tiempo, aquella mujer era mi madre.
Tras despertar del profundo choque en el que me había sumergido, me abrazó, la ofrecí pasar y el resto vino todo seguido. En aquel instante comprendí lo que había sucedido, mientras mi ilusión había sido ir a buscarla para recuperar la relación perdida, la suya había sido buscarme por toda la ciudad hasta encontrarme.

Mientras Mario cenaba con nuestros amigos y su familia, mi madre y yo nos pedimos perdón por la soberbia y el orgullo que tuvimos durante tantos años, ella no quiso verse sola y yo necesitaba un apoyo... 
Los siguientes días ella los paso en mi casa. Cuando acabaron las Navidades, mi madre se volvió al pueblo, me explicó que su vida la tenia allí, que no podía separarse de ella, ni del lugar donde murió mi padre, cuando marchó me despedí con la promesa de ir a verla a menudo.

Desde entonces el espíritu navideño volvió a florecer en mi interior, no volví a soñar con mi madre llorando, y no me volví a sentir insatisfecha con mi vida. Las sucesivas Navidades las pasamos con ella  y la familia de Mario, el salón lo decoramos con un árbol espectacular, lleno de espumillones y lucecitas parpadeantes de diferentes colores, en la cima una estrella, una muestra de que mi vida mostraba el camino a la felicidad y en mi mente, cada día, cada hora, a cada instante… las palabras que me dijo mi padre al regalarme el collar del que nunca me separaba cuando pierdas la ilusión por algo encuentra en tu familia la alegría de vivir, cuando las ganas de luchar se pierdan, encuentra la fuerza para  sonreír, cuando salgas a la calle y veas a un pequeño niño vagabundeando o un anciano pidiendo dinero para subsistir, recuerda todo lo que tienes y se feliz por ello, porque en cada acto de bien hay un paso, porque en cada paso hay un motivo, porque en cada motivo hay una intención y en cada intención encontrarás que dando la vida por los demás, luchando por lo que te rodea, surge un sentimiento de paz, de compartir y agradecer lo mucho o poco que tenemos, tu vida consiste en encontrar el camino hacía tu propia felicidad. Eso es el verdadero espíritu de la Navidad.

2 comentarios:

GaMyr dijo...

Una muy linda historia.

Mariela Parma dijo...

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Espero te guste!!
Muy bueno tu blog!!!
saludos

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